Etiquetas sociales
Los domingos siempre fueron tiempos de
reflexión; son ese tipo de día en la semana en donde todo parece estar tan en
calma que de pronto encuentro un espacio para sentarme a pensar en viejas
conversaciones. Hoy me acuerdo sobre esto que charlamos una tarde cualquiera de
noviembre, y hasta ahora...debo admitir, no me había puesto a analizar que a mí
también me ofusca este tema que en breve revelaré.
Me acuerdo que yo iba medio apurada,
acelerando el paso por la calle Agüero, y vos justo venías distraída por la misma
vereda. Te saludé con esmero, pues hace como un año que no nos veíamos; y vos te
llevaste una mano a la frente en representación de algo que se te vino a la
mente en ese instante. Al final, el saludo breve se convirtió en una
conversación tendida, con un café cortado de por medio, que me dejó unas
cuantas cosas en qué pensar cuando llegué a mi casa.
— ¿Vos te diste cuenta, no? ¿De que vivimos
en un mundo, que es como gran cuadrado binario?
Parece que todo es blanco o negro, o sí o no frente a preguntas que, la
verdad, nos llevaría media vida responder. Imagináte que, en los tiempos que
corren, dudamos de todo y acertamos muchas veces, pero antes tenemos que enfrentarnos
a la otra cara en el espejo, que no nos deja de abrumar con tantas preguntas.
¿Y para qué tanto, no? Tantas explicaciones al mundo sobre quién sos, cómo te
definís, en qué categoría social te identificás… que si tenés un título
universitario, porque si no, “no sos
nadie” —se burló—. Que si te emponderás con una bandera o con la otra. Que
si ya tenés pensado si vas o no a ser madre, que si no te casás pronto probablemente
te vas a quedar sola —se llevó dos dedos a la cien estresada—. ¿Para qué tanto
no? Si después a la mitad no le interesa informarse en serio, si al final no te
preguntan cómo te sentís con todo esto, ni tampoco tienen en cuenta lo mucho
que te esforzás porque entiendan lo que te pasa —se sinceró, frunciendo el ceño
confundida—. Ojalá pase el tiempo y no nos encontremos todos con una gran
etiqueta social en la frente, que nos ahorre el tiempo de tantas explicaciones.
Ojalá —reforzó con una mano en el corazón—, que las personas puedan ver en vos mucho más
de lo que sos por fuera. Que puedan ver más que el precio de lo que te
costó la ropa que te pusiste, el color que elegiste usar, y el corte de pelo
que ya no está a la moda. ¿Por qué será que es tan difícil vivir con
transparencia en esta sociedad que parece que sabe todo, pero que en realidad está
hundida en la ignorancia? ¿Qué hablamos de transparencia si vivimos prejuzgando
al otro hasta inconscientemente? La
verdad que tengo unas ganas de decir: “Soy
lo que ves y más cosas que no tengo voluntad de aclarar ahora mismo.” —imitó el tono de voz que emplearía si
pudiera decirlo así como si nada. Sin que nadie se enojara.
La escuché por mucho tiempo en silencio;
me hizo ver la cantidad de méritos logrados a nivel social para lograr la
equidad entre nosotros. La escuché y luego me di cuenta de que tenía razón. La
escuché y me indigné con ella, y a la vez, me sentí parte de ese grupo que
vivió en una nube de incierto por algún tiempo.
— ¿Sabes que no tenía idea de esto? Nunca
me puse a pensarlo de esta manera —le confesé con un poco de culpa.
Sonrió.
—Está bien, no te sientas mal porque gran
parte de la sociedad prefiera que no se sepa. Vos estás en el lado correcto por
querer ver el mundo desde otra perspectiva.
—Bueno, “la sociedad avanza al ritmo de nuestros pensamientos, por lo que si
querés cambiar la sociedad, primero debés cambiar tu forma de pensar”,
decía Albert Einstein.
—Igual es algo muy difícil de cambiar.
La gente ya está acostumbrada a etiquetar para comprender. ¿Vos qué sos? Ah, ya
sé —se inspiró sarcásticamente—. Sos traductora. Sos hetero. Serás o no la
madre de…y esposa de… Y de pronto, te olvidaste de que no sos “cosas,
profesiones, ni relaciones interpersonales”, sos “alguien”, y un mundo enorme
en tu interior del que no querés que todos formen parte. Y eso debería estar
bien.
Yo también quería ver ese cambio. De repente, me vi a mi misma sumergida en todas esas explicaciones involuntarias.
—Pidamos otro café por ese “ojala” compartido.

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