Querido 2020: mi año de revolución mental.

Y llegó el momento que más esperé del año: esta es la historia de mi revolucionario 2020.

Toda persona que me conoce bien sabe que desde muy chica amo escribir una lista de intenciones dedicada al año que vendrá, y que cuando llega ese último día del año tacho felizmente con resaltador todas las metas logradas y me replanteo el porqué de las que no se concretaron. Es así como el pasado 30 de diciembre, me decreté múltiples planes, cursos, viajes y demás cosas que, sin saberlo claro, quedarían para luego. 

Llegó marzo...las puertas se cerraron, los planes quedaron ahí...simplemente escritos en una hoja de papel y el mundo se vio obligado a quedarse en casa. Llegó marzo, entramos en pánico...tuvimos que frenar, y creo que ahí fue que entendí el primer mensaje que el 2020 tenía para mí: mi querida, vas a tener que ocuparte de vos, porque dado que este año no vas a poder llenar tu mente con un cronograma de infinitas tareas, lo que quedó sin resolver se va a hacer escuchar. Como dije antes, las puertas hacia el mundo exterior se cerraron, pero las que me condujeron dentro de mí se abrieron, y de ahí es que estoy hoy acá; este es el resultado más simple y fructífero que me dio el 2020. 
En el post anterior escribí que este año me dio cosas que no pedí y de las que estoy muy agradecida, y probablemente si me parara en la línea del tiempo que es mi vida jamás hubiese creído que sucedería todo esto, así como también, si me hubiesen dicho que tenía que agregar a la lista: 
Pensar mucho
Llorar para después entender
Dudar de todo para después encontrar el camino
Soltar para recuperar (me)... bueno, ciertamente hubiese dicho que no. Que no por miedo; que no porque a nadie le gusta lo incómodo, lo que nos enfrenta con lo que escondemos de nosotros y del otro, con lo que nos saca de la estructura de lo "familiar" y nos desafía a resolver con el corazón y no con la cabeza. Ahora siento que es por eso que aprendemos en contra de la fuerza del destino, porque todos elegimos un camino de flores y colores, y más días de sol que de lluvia.

Llegó mayo, y como la vida es un gran sube y baja de emociones, el 2020 me dio tiempo. Tiempo para darme cuenta de que postergamos conversaciones, albergamos muchos "perdón" no dichos a tiempo, y "gracias" que creemos sobreentendidos pero que son necesarios. Así fue que recuperé y cultivé amigos, momentos de risa, abrazos a la distancia y charlas a cualquier hora de la noche porque "el tiempo era de sobra". Entendí que si se quiere se puede...y se puede todo, y el que no quiso también tuvo tiempo de irse por la puerta de atrás. De pronto todos sentimos una necesidad imperiosa de vernos, de decir, de mirar; y es hasta cómico darnos cuenta de que el ser humano puede apreciar las virtudes que lo rodean sólo cuando está a un paso de perderlas. Reclamamos ahora la libertad que siempre tuvimos, las posibilidades que dejamos pasar por estar siempre ocupados.

Llegó octubre y las dudas se convertían en nuevas certezas. Aprendí que este blog podía ser como un diario, pero uno en donde todos podíamos compartir, sin importar el país o la distancia. Entendí que probablemente me vuelva a leer en unos años y me acuerde de lo mucho que me costó iluminar mi propia oscuridad.

Y finalmente acá nos encontramos, querido diciembre, y puedo dar fe de que año fue difícil y aun así me siento afortunada, porque las lecciones fueron diferentes para todos, justamente porque cada uno tiene algo distinto que aprender.   

21 de diciembre: las mejores recompensas son el resultado de los planes que no hiciste.


Felices últimos 10 días del año. Como verán este año no tengo mucho que tachar de la lista...

Que para el 2021 haya más "te quiero", más de estar presentes, más luz para todxs y menos piedras en el camino.


Gracias por leer ❤





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