El valor de los instantes: año 1995
Parte II
Para
comenzar a narrar los momentos más felices de mi historia debo decir que mis
recuerdos conscientes comenzaron a partir de los dos años, y gran parte de los
detalles de este cuento son historia de alguien más. Este relato se basa en la
primera mudanza de las nueve que ya llevo concretadas (en ese momento de mi
bella niñez claramente no sabía que mi vida de casi nómade recién comenzaba). Algunos
dirán que mudarse todo el tiempo puede ser un poco traumático, y yo diré que el
beneficio más valioso que obtuve de esta vida es el apego que no generé
nunca hacia las casas en las que viví. Existe un sentimiento que muchos
frecuentan cuando deben dejar sus hogares e ir a otro en donde nunca han
dormido: un sentimiento de abandono. En cuanto a lo que a mí respecta, yo le
llamo hogar a cualquier lugar en cualquier parte del mundo en donde pueda ser
yo misma. Mi hogar es mi familia, mis amigos y mis pasiones. Mi hogar está en
lo que pienso y deseo, y si eso cambiara también, no temo a cerrar la puerta.
Aprendí a no conservar las llaves de las puertas a las que no volveré a entrar.
Antes lo hacía, con un poco de melancolía, hasta que entendí que todo lo que
necesito está en mi mente. Cada recuerdo vívido de los mejores días de mi vida.
No necesito más. Por lo contrario, jamás podría decir que no soy apegada al
recuerdo de las personas con las que me crucé algún día…pero bueno, eso es para
luego.
Volviendo
a lo importante, este es el relato de cómo una casa me convirtió en los Hansel
y Gretel de mi propia historia, dejando miguitas y huellas por cada lugar que
pasé, porque aunque no lleve mucho peso del pasado en la mochila, uno siempre
quiere volver a donde fue feliz.
Un
sábado cualquiera del año 1995, no recuerdo la fecha exacta pero hacía mucho calor,
vendimos todo, nos alejamos de la gran ciudad y nos instalamos en una casa
rústica, muy similar a una cabaña clásica, con un techo a dos aguas; ya te
podrás imaginar, una casa en el medio de la nada que, para mí, olía siempre a
pino y a madera recién cortada. Fue ahí en donde creo que se forjó mi obsesión
por todo ese verde puro y natural entrándome por los ojos, el ruido absoluto de
los pájaros conversando y mi amor por
ver a mis perros correr con libertad.
Una
casa simple para gente simple, como nosotros. Una casa con un gran parque y una
manada de cachorros recién nacidos, que después de veinte años me harían recordar
por qué amo a los perros. Un ovejero alemán, Tom, que marcó los primeros pasos
con mi pequeña mano insegura en su lomo, y que luego, corriendo como la persona
ansiosa que siempre fui, me haría una cicatriz en la pera que aún me queda
(como señal de que debería aprender a esperar a que todo llegue). Mi memoria
olfativa me devuelve a esos olores que afloraban durante los paseos por la ruta
de la mano de mi madre para llegar al pueblo, dejar a mi hermana en un colegio
que le enseñaría prácticamente a cultivar toda la bondad que nació con ella, y
volver para hacer las compras en la única despensa que había cerca. Cierro los
ojos y se siente la lluvia al caer y el miedo de mis padres a que el agua
inunde todo. La casa en construcción, los muebles viejos de algarrobo. Mis primeras
palabras hacia el mundo. El sonido de la risa de mi hermana cuando contaba sus
anécdotas escolares, y sus cumpleaños coloridos en el patio, donde mi mamá
siempre nos ponía esos vestidos de tela cuadrillé escocesa para recibir a los
tres o cuatro vecinos que teníamos.
El
recuerdo de ver llegar a mis abuelos en su Dodge bordo modelo 1500, y el aroma que
desprendía la camisa de mi abuelo cuando me alzaba para las fotos, mezcla de
naftalina y su perfume favorito marca Old Spice. Su bigote firme, su cabello
grisáceo peinado prolijamente con gomina hacia atrás y sus tan típicos lentes
Ray Ban color verde botella…estacionaba el auto con cuidado, y todos íbamos a
recibirlos en un trote alegre, a la par que bajaba mi abuela abrazando un
tupper con comida deliciosa, luciendo un vestido floreado que se abotonaba en
el frente; sus aros y collar de perlas haciendo juego. Nos reuníamos todos
juntos en una mesa larga situada en el patio frontal de la casa y yo era feliz,
lo más feliz que se podía ser a muy corta edad, con mi flequillo mal cortado y
mis picaduras de mosquito en las mejillas.
Ojalá
todos nos pudiésemos detenernos a contemplar una foto en tiempo real.
En
fin, cualquier persona normal se preguntaría qué necesidad de irse a vivir a un
lugar tan alejado, y yo me cuestiono si, tal vez, no buscarían mis padres
reencontrar aquello que el vaivén agitado de la ciudad los hizo olvidar: el
valor de los instantes. Con esto quiero decir que en esa casa probablemente
hayamos dejado atrás la inocencia, las primeras veces de muchas cosas y la
alegría de ver llegar por ese camino de tierra a las personas más importantes
que teníamos, que viajaban largas horas solo para vernos. Porque el hogar está
donde está tu felicidad.
Pero
teníamos que partir, porque próximamente conoceríamos a otras personas, que de
igual manera marcarían nuestro futuro.

¡Hola! Me ha gustado mucho lo que has escrito, está lleno de emociones y sentimientos, la verdad es que lo he leído enseguida por el enganche que tiene. Un saludo.
ResponderEliminarPosdata: te sigo y te invito a pasarte por mi blog si quieres.
¡Hola Carolina! Muchas gracias por leerme. Ya me paso por tu blog y te devuelvo el follow.
EliminarAbrazo grande.
Nos leemos pronto :)