Modo avión
Pasaron tres meses desde que el avión que iba a mi interior se detuvo en un peaje; se atascó entre palabras aleatorias que hasta hoy no logré reunir en un decir. Creí que ya había encontrado la forma de desviar la calle “frustración” para llegar directo a “punto final”, pero agregué tantos puntos suspensivos a mis intenciones, que recién hoy amaneció...sí, parece obvio, pero solo bastó una conversación sin palabras de por medio para que pudiera reconocer que despegar marca la ruta pero la constancia reafirma el objetivo. Bastó con descubrir que el desierto emocional nos envuelve a muchos y que decidir transformarlo también es decisión propia.
A veces
me pierdo pensando en la fuerza precisa que mueve al mundo…en esa mano que no
vemos, en esa red de intención que me piensa y me traslada con un propósito
(uno que aún no descubro y que me hace pecar de ansiosa), me propone en lugares
en donde jamás me había pensado yo misma, y me presenta en la vida de personas
que me invitan a cuestionarme preguntas nuevas.
A veces
me pierdo pensando…¡sí! en lo maravilloso y complicado que es entendernos como
humanos hechos de palabras, entenderme a mí como una persona que no tiene otra
necesidad más genuina que comunicar(se), y de ese amor por la lengua es que considero
que las palabras son herramientas cargadas de poder. Con mis palabras me empujo
a seguir, me construyo y me destruyo.
¡Ay pero qué difícil que es escuchar cómo nos hablamos!
Se me perdió un poco de honestidad en la ruta anterior.
Y vuelvo
al principio.
Pasaron tres meses ya desde que el avión que parecía atascado
toma el desvió de forma intencional, y yo estoy dentro de él manejada por un
impulso que me lleva a evitar ese momento de freno…y es simplemente porque no
sé cómo frenar. Nadie me enseñó. Y en ese atajo pongo a funcionar el modo
avión, porque de tutorial no se me ocurre mejor forma de escape, y ahí voy. Y
de pronto, reconozco que tengo que parar aunque no entienda, aunque tenga
miedo, y aunque el peaje me cueste menos que sentarme a conversar en voz alta
con mis viejos sueños.
“Bueno, ya estoy acá, ¿para dónde vamos?"

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